Debo confesar honesta y abiertamente que jamás imaginé ser una maldición en la vida de alguien. Es que el destino tiene sus artimañas y las cartas están echadas… cuándo no es, no es, punto y aparte - se.
No recuerdo exactamente la fecha, solo sé que habían pasado algunos días de mi último cumpleaños, lo recuerdo porque cuándo se paró frente a la puerta de ingreso de mi oficina piso 1 (con una panorámica increíble por ser totalmente vidriada), me encontró comiendo un chocolate de los que me había obsequiado como siempre mi jefe, cabe aclarar que el jefe “pluma blanca” como le decía de “cariño” era muy original; al momento de regalar para él jamás había una mejor oportunidad bien fuese el día del trabajador, el día de la secretaria, ó el natalicio para “endulzarnos la vida” con una modesta (por no decir tacaña) cajita de calorías que yo siempre recibía con fingida sorpresa.
Volviendo al ruedo, cuando el sujeto llegó a mi oficina aparte de encontrarme comiendo chocolate cual solterona deprimida en horario laboral logró sorprenderme; es que no todos los días particularmente en esta ciudad una se encuentra con tamaños sementales porque dejándonos de pendejadas aquí el mercado fresco es escaso y aún peor el tipo la tenía más que clara, era un bombón. Eran pasadas las 11, traía su teléfono celular y una banana en la mano, 100 kilos de músculos cada uno en el lugar que le correspondía, en un orden casi perfecto, una sinfonía sincronizada. Lomazo! Habló con mi compañero y blablablá necesitaba un video de ingreso al edificio, el motivo: era separado y su mujer había ingresado a llevarse a su hija de una manera un tanto agresiva… Ya para la primera vez traía una pequeña y densa sutileza karmatica (La ex).
Día de por medio se acercaba a la oficina con un celular y una banana en la mano, el resto era más que músculos, músculos, músculos, malos pensamientos blablablá…
El sujeto que teóricamente tenía acceso a las grabaciones de video del edificio hizo de las suyas y apareció después de muchos días sólo cuando le vino en gana… Yo feliz de que pasaran los días y no viniera! Al musculoso ya le tenía la hora de arribo a mi oficina calculada: 11am. Pasado un tiempo de visitas jornada de por medio, descubrí que no solo era una masa corporal tallada sino que tenía ojos y eran grises, hermosos como para cerrar con broche de oro mi pobre tragedia… cuándo los veía de frente y directo quedaba absolutamente sumergida en ellos. Sólo un psicópata puede tener una mirada tan bella. Simplemente llegaba con su aire de grandeza (porque repito, la tenía clara, era un bombón) miraba fijo a los ojos, preguntaba si había venido el del video y ante la respuesta positiva de ése día me pidió para mi sorpresa mi teléfono y se fue, así no más, con mi número agendado en su celular, una banana en la mano y olor a hormonas.
Ese mismo día me llamó, me invitó a una fiesta electrónica… cero tacto, porque evidentemente mi look de la oficina no dá para invitarme a algo ruidoso, mi cara de hippie vegetariana, mi pelo ondulado y desprolijo esta vez no hablaron por mí. Le dije que no, que gracias, que prefería un café ó algo más tranquilo en otra oportunidad y pensé –Jamás me va a llamar de nuevo- pero para mi sorpresa no fue así; inventó un mejor plan, algo más relajado ¿Vamos a cenar? -me dice- ¿Porque no? -Pienso yo-.
Y bien salimos, nada mal, buena charla, buen vino, buena propina, ojos grises, lindo olor a hormonas. Avanzaron los días y a las 6 se hizo costumbre un poco de rubor, brillo en los labios, buclecitos más redondos, corazón palpitante piso 2 departamento C, sí, así como la inicial de su nombre y su apellido, tecito, películas, sushi, departamento de soltero, olor a hormonas, animal y presa, otra dimensión de mí, día y noche.
Con el tiempo y las salidas conocí más de él, es necesario confesar que si bien su mirada era psicopática, generaba en mí una cierta atracción casi fatal aunque no quiera caer en la frase cliché. Sentí que le conocía de antes, de tantas vidas atrás, tanto que no me sorprendió el día que me respondió que en su vida pasada había sido un Gladiador; ya estaba acostumbrado a mis preguntas casi infantiles sobre reencarnación y demás, al punto que sabía cómo maniobrar para dar vuelta a mi ridiculez como aquella vez que hizo alusión a mis casi 30 años (aunque él tenía 42 encima muy bien llevados) y le respondí que no, que yo era un bebe, me miró más fijo que nunca y me dijo – No, vos sos una mujer- quedé absolutamente fascinada y pensé en Silvio Rodriguez y esa fatídica frase: “Ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta” pero me quedé callada y respondí desafiante a su mirada con mis ojos puestos en los suyos. Lenguaje corporal puro… blablablá.
Había aspectos de su vida que me desconcertaban, eran cosas, cuestionamientos ó situaciones que me hacían preguntar ¿Cómo un individuo tan dulce y tan salvaje, tan caballero, tan silencioso, tan multidimensional, tan, tan y tan, puede ser poseedor de tantos líos? Su vida parecía un doble discurso no solo estaba plagado de problemas familiares, sino personales y judiciales. Parecía ser dos personas diferentes en un mismo cuerpo, firme, con olor a hormonas, músculos, músculos, músculos, malos pensamientos.
Una semana antes de conocernos sin saberlo ya tenía noticias de su existencia. Prueba de que mi ser se acercaba al suyo. En extrañas circunstancias desconocidos habían destrozado el frente de su local de indumentaria deportiva y cuando me cruzó en la oficina vino por aquello de su hija y blablablá líos y más líos. Así empezó el embrollo, cada día un lío legal, una carta documento, una vidriera rota, una ex enardecida, discusiones telefónicas blablablá, yo en el sillón con él entre mis brazos piso 2 departamento C. Doble discurso, dos personas un mismo cuerpo. Músculos, músculos, músculos, mejor no pensar.
Mi esencia hippie poco a poco desentonaba con tanta contradicción. A pesar de mis sentimientos y de poder hundirme en esos ojos decidí alejarme, lo más que pude fue al piso 1, no llamadas, no mensajes, no delirio, no oposición de su parte.
Pasó un tiempo, quizás dos ó tres meses y cuando volví a escuchar su nombre fue porque un uniformado de la Policía Investigativa lo buscaba en el edificio más exactamente en mi oficina, jamás quise averiguar porque y solo agradecía a la vida por la fuerza que tuve para romper aquel vínculo y dejar de visitar aquellos músculos, aquel olor a hormonas, aquel doble discurso, ésa doble moral, animal y presa.
Su cercanía era maldición y la mía en su vida era lío, lío, lío, fue tanto lo que el universo se empeñó en mantenernos alejados que sólo cruzarnos podría terminar en un accidente casi trágico, no miento, juro fue así aunque dudo que el ya lo haya notado. Recuerdo un día de primavera en el que nevó y pasados tres meses desde la última vez no se me ocurrió mejor idea que enviarle una foto de su auto con nieve a las 8:00 con un mensajito de texto que rezaba: “Yo de ti me quedo debajo de las cobijas” a lo que respondió: “Que lindo, me voy a andar en cuatrimoto por el cerro”, pasadas las 12 del medio día le envié un mensaje que decía: “ Y? como estuvo tu aventura?” Nunca respondió.
Pasados quizás cuatro meses ó más un sábado saliendo del edificio y de manera inevitable me saludó, sugirió que debíamos vernos como en los viejos buenos tiempos y no dudé decir que sí, que nos veíamos a la noche, que blablablá, un poco de rubor, brillo en los labios, buclecitos más redondos, corazón palpitante … Durante la cena me contó que el día de la nieve primaveral retrocediendo en el cerro su cuatri cayó 150 metros al vacío y se salvaron de milagro junto con su amigo, ni un rasguño en ésos músculos, ojos grises, una tragedia tras otra. Y al mejor estilo de la película destino final fue pasada una semana de ése accidente que su amigo retrocediendo perdió el control de su cuatri le cayó sobre la pierna y se la fracturó en 16 partes. Líos, líos y más líos.
El propietario del departamento C piso 2 creyó que la venganza del destino no vendría por él como sí lo hizo con su amigo ya que habían pasado dos meses desde aquel incidente y permanecía intacto, pero lo que no recordó era que con solo cruzarnos se potenciaba su Karma, pasados cinco días desde nuestra última cena tras encontrarnos a la salida de la oficina y de intentar recomponer nuestra distorsionada relación, explotó sobre el sin motivo aparente una pecera de 2 metros que había diseñado para su hija en el departamento. Resta decir que se inundó el A, B, C, D, E, piso 2 y mi oficina. Jamás lo volví a ver.
Mi jefe “pluma blanca” el de los chocolates repetidos tenía razón. Las peceras son de mala suerte.
No recuerdo exactamente la fecha, solo sé que habían pasado algunos días de mi último cumpleaños, lo recuerdo porque cuándo se paró frente a la puerta de ingreso de mi oficina piso 1 (con una panorámica increíble por ser totalmente vidriada), me encontró comiendo un chocolate de los que me había obsequiado como siempre mi jefe, cabe aclarar que el jefe “pluma blanca” como le decía de “cariño” era muy original; al momento de regalar para él jamás había una mejor oportunidad bien fuese el día del trabajador, el día de la secretaria, ó el natalicio para “endulzarnos la vida” con una modesta (por no decir tacaña) cajita de calorías que yo siempre recibía con fingida sorpresa.
Volviendo al ruedo, cuando el sujeto llegó a mi oficina aparte de encontrarme comiendo chocolate cual solterona deprimida en horario laboral logró sorprenderme; es que no todos los días particularmente en esta ciudad una se encuentra con tamaños sementales porque dejándonos de pendejadas aquí el mercado fresco es escaso y aún peor el tipo la tenía más que clara, era un bombón. Eran pasadas las 11, traía su teléfono celular y una banana en la mano, 100 kilos de músculos cada uno en el lugar que le correspondía, en un orden casi perfecto, una sinfonía sincronizada. Lomazo! Habló con mi compañero y blablablá necesitaba un video de ingreso al edificio, el motivo: era separado y su mujer había ingresado a llevarse a su hija de una manera un tanto agresiva… Ya para la primera vez traía una pequeña y densa sutileza karmatica (La ex).
Día de por medio se acercaba a la oficina con un celular y una banana en la mano, el resto era más que músculos, músculos, músculos, malos pensamientos blablablá…
El sujeto que teóricamente tenía acceso a las grabaciones de video del edificio hizo de las suyas y apareció después de muchos días sólo cuando le vino en gana… Yo feliz de que pasaran los días y no viniera! Al musculoso ya le tenía la hora de arribo a mi oficina calculada: 11am. Pasado un tiempo de visitas jornada de por medio, descubrí que no solo era una masa corporal tallada sino que tenía ojos y eran grises, hermosos como para cerrar con broche de oro mi pobre tragedia… cuándo los veía de frente y directo quedaba absolutamente sumergida en ellos. Sólo un psicópata puede tener una mirada tan bella. Simplemente llegaba con su aire de grandeza (porque repito, la tenía clara, era un bombón) miraba fijo a los ojos, preguntaba si había venido el del video y ante la respuesta positiva de ése día me pidió para mi sorpresa mi teléfono y se fue, así no más, con mi número agendado en su celular, una banana en la mano y olor a hormonas.
Ese mismo día me llamó, me invitó a una fiesta electrónica… cero tacto, porque evidentemente mi look de la oficina no dá para invitarme a algo ruidoso, mi cara de hippie vegetariana, mi pelo ondulado y desprolijo esta vez no hablaron por mí. Le dije que no, que gracias, que prefería un café ó algo más tranquilo en otra oportunidad y pensé –Jamás me va a llamar de nuevo- pero para mi sorpresa no fue así; inventó un mejor plan, algo más relajado ¿Vamos a cenar? -me dice- ¿Porque no? -Pienso yo-.
Y bien salimos, nada mal, buena charla, buen vino, buena propina, ojos grises, lindo olor a hormonas. Avanzaron los días y a las 6 se hizo costumbre un poco de rubor, brillo en los labios, buclecitos más redondos, corazón palpitante piso 2 departamento C, sí, así como la inicial de su nombre y su apellido, tecito, películas, sushi, departamento de soltero, olor a hormonas, animal y presa, otra dimensión de mí, día y noche.
Con el tiempo y las salidas conocí más de él, es necesario confesar que si bien su mirada era psicopática, generaba en mí una cierta atracción casi fatal aunque no quiera caer en la frase cliché. Sentí que le conocía de antes, de tantas vidas atrás, tanto que no me sorprendió el día que me respondió que en su vida pasada había sido un Gladiador; ya estaba acostumbrado a mis preguntas casi infantiles sobre reencarnación y demás, al punto que sabía cómo maniobrar para dar vuelta a mi ridiculez como aquella vez que hizo alusión a mis casi 30 años (aunque él tenía 42 encima muy bien llevados) y le respondí que no, que yo era un bebe, me miró más fijo que nunca y me dijo – No, vos sos una mujer- quedé absolutamente fascinada y pensé en Silvio Rodriguez y esa fatídica frase: “Ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta” pero me quedé callada y respondí desafiante a su mirada con mis ojos puestos en los suyos. Lenguaje corporal puro… blablablá.
Había aspectos de su vida que me desconcertaban, eran cosas, cuestionamientos ó situaciones que me hacían preguntar ¿Cómo un individuo tan dulce y tan salvaje, tan caballero, tan silencioso, tan multidimensional, tan, tan y tan, puede ser poseedor de tantos líos? Su vida parecía un doble discurso no solo estaba plagado de problemas familiares, sino personales y judiciales. Parecía ser dos personas diferentes en un mismo cuerpo, firme, con olor a hormonas, músculos, músculos, músculos, malos pensamientos.
Una semana antes de conocernos sin saberlo ya tenía noticias de su existencia. Prueba de que mi ser se acercaba al suyo. En extrañas circunstancias desconocidos habían destrozado el frente de su local de indumentaria deportiva y cuando me cruzó en la oficina vino por aquello de su hija y blablablá líos y más líos. Así empezó el embrollo, cada día un lío legal, una carta documento, una vidriera rota, una ex enardecida, discusiones telefónicas blablablá, yo en el sillón con él entre mis brazos piso 2 departamento C. Doble discurso, dos personas un mismo cuerpo. Músculos, músculos, músculos, mejor no pensar.
Mi esencia hippie poco a poco desentonaba con tanta contradicción. A pesar de mis sentimientos y de poder hundirme en esos ojos decidí alejarme, lo más que pude fue al piso 1, no llamadas, no mensajes, no delirio, no oposición de su parte.
Pasó un tiempo, quizás dos ó tres meses y cuando volví a escuchar su nombre fue porque un uniformado de la Policía Investigativa lo buscaba en el edificio más exactamente en mi oficina, jamás quise averiguar porque y solo agradecía a la vida por la fuerza que tuve para romper aquel vínculo y dejar de visitar aquellos músculos, aquel olor a hormonas, aquel doble discurso, ésa doble moral, animal y presa.
Su cercanía era maldición y la mía en su vida era lío, lío, lío, fue tanto lo que el universo se empeñó en mantenernos alejados que sólo cruzarnos podría terminar en un accidente casi trágico, no miento, juro fue así aunque dudo que el ya lo haya notado. Recuerdo un día de primavera en el que nevó y pasados tres meses desde la última vez no se me ocurrió mejor idea que enviarle una foto de su auto con nieve a las 8:00 con un mensajito de texto que rezaba: “Yo de ti me quedo debajo de las cobijas” a lo que respondió: “Que lindo, me voy a andar en cuatrimoto por el cerro”, pasadas las 12 del medio día le envié un mensaje que decía: “ Y? como estuvo tu aventura?” Nunca respondió.
Pasados quizás cuatro meses ó más un sábado saliendo del edificio y de manera inevitable me saludó, sugirió que debíamos vernos como en los viejos buenos tiempos y no dudé decir que sí, que nos veíamos a la noche, que blablablá, un poco de rubor, brillo en los labios, buclecitos más redondos, corazón palpitante … Durante la cena me contó que el día de la nieve primaveral retrocediendo en el cerro su cuatri cayó 150 metros al vacío y se salvaron de milagro junto con su amigo, ni un rasguño en ésos músculos, ojos grises, una tragedia tras otra. Y al mejor estilo de la película destino final fue pasada una semana de ése accidente que su amigo retrocediendo perdió el control de su cuatri le cayó sobre la pierna y se la fracturó en 16 partes. Líos, líos y más líos.
El propietario del departamento C piso 2 creyó que la venganza del destino no vendría por él como sí lo hizo con su amigo ya que habían pasado dos meses desde aquel incidente y permanecía intacto, pero lo que no recordó era que con solo cruzarnos se potenciaba su Karma, pasados cinco días desde nuestra última cena tras encontrarnos a la salida de la oficina y de intentar recomponer nuestra distorsionada relación, explotó sobre el sin motivo aparente una pecera de 2 metros que había diseñado para su hija en el departamento. Resta decir que se inundó el A, B, C, D, E, piso 2 y mi oficina. Jamás lo volví a ver.
Mi jefe “pluma blanca” el de los chocolates repetidos tenía razón. Las peceras son de mala suerte.
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